El absurdo toque mortal de Schäuble

 

Decía Schäuble en un artículo que publicaba ayer El País que “las reformas que se están acometiendo no surten efecto de la noche a la mañana”.

Este argumento, esgrimido por una gran cantidad de economistas de casi todos los palos, tiene cierta connotación extraña y engañosa que merece la pena ser matizada, al menos con la humilde opinión de un servidor.

La economía y, más concretamente, el funcionamiento del sistema económico, no es un conjunto mágico de variables cuyos comportamientos permanecen en la estela de lo no observable, velados de cualquier análisis de corto plazo.

Una de las cuestiones más importantes de la ya pasada revolución macroeconómica fue la microfundamentación de la misma, esto es, dotar de instrumentación micro (cercana, por tanto, al compoertamiento directo de los agentes económicos) a los modelos macro. La idea en si misma no es criticable desde un punto de vista de fondo: Atisbar y analizar los cambios de corte macroeconómico (observable pero no atribuible a directamente a las decisiones personales) a través de los cambios en las decisiones personales (que por ser individuales son difíciles de ser observables).

Este marco conceptual está muy apegado a los “nuevos viejos” economistas de hoy. Para ellos, los cambios institucionales, los cambios en las reglas de juego, operan, primero, a través de la fuente y base principal de su visión del sistema económico, la microeconomía, y más adelante, derivado de la agregación micro, en la macroeconomía.

Esto implica que una primera oleada de efectos, aquellos que impactan en la parte micro, no van a ser realmente observables. Habrá que esperar a que poco a poco estos efectos vayan tomando forma en el cuerpo macroeconómico y puedan ser observados.

Esto es, en cierto modo, lo que quieren decir, quizás sin saberlo realmente, cuando hablan de que “hay que esperar”. Las reformas no son bombas de relojería, esperando una cuenta atrás desde el momento en el que son dispuestas para empezar a hacer efecto.

Las reformas sí surten efecto de la noche a la mañana. Desde el minuto 0. O incluso antes (pues ya la expectativa de ciertas reformas puede empezar a generar efectos económicos). Claro está que el objetivo último de la reforma no se consigue de la noche a la mañana, ningún proyecto, ninguna acción, ningún propósito (o, deberíamos decir casi ninguno) consigue lo que se propone de la noche a la mañana. Pero los efectos sí se hacen notar.

¿Por qué entonces decimos siempre que “hay que esperar” a que las reformas hagan su papel?

En parte, para poder camuflar el efecto causacional real del devenir económico con casi cualquier cosa que uno se proponga. A nivel científico es difícil (siempre y cuando se haga una buena ciencia), pero a nivel social no lo es tanto. ¿Qué pasa si en un año empezamos a crear empleo? El PP se lanzará a decir que todo efecto positivo se deriva de la reforma laboral instaurada años antes. “Había que esperar”. Dirán. “Ahora empieza a hacer efecto”. Repetirán.

El problema de causación es único y realmente interesante. El propio Hume decía que no podíamos discernir la naturaleza de la relación causa-efecto y que no podemos realmente conocer las causas solo a través de los efectos. Y sin embargo el ser humano, como una condición psicológica inherente a nuestra forma de racionalizar, busca de manera indefectible aferrarse a estructuras de causación que aporten cierta solidez de conocimiento sobre lo que realmente acontece en la naturaleza (sobre todo en aquello que le afecta directamente).

Así que juegan con ello.

Nos demandan ciertas reformas sobre las que basar más adelante el fruto de la recuperación y poder seguir la guía política que mejor les conviene y se saltan el proceso de causación observable aludiendo a la característica de “bomba de relojería” que nos venden, por el cual las reformas “tardan” en hacer efecto.

Ese es su propósito, vender el imperio alemán como una condición causada de los “dolorosos” ajustes que se hicieron años antes. Da igual el contexto. Lo importante es que se hizo A y luego tienen B por lo que B debe ser causado por A. A pesar de la falacia, vender vende. Y te hace olvidarte de los dolorosos pasos que, quizás, como uno de esos sacrificios paganos que se ofrecían a dioses inexistentes, consiguen hacerte creer que han merecido la pena.

Pero las reformas ya se han dejado notar. La reforma laboral ha empezado a afectar a los convenios, reducir salarios y precarizar aun más el trabajo en España. La reforma de las pensiones ya nos afecta, año a año, en el alargamiento y en la expectativa de trabajo futuro. Los recortes en sanidad y educación se dejan notar, con alumnos que no pueden seguir estudiando o centros de salud que están al borde del país de pandereta al que nos dirigimos. ¿Para qué seguir?

Decir algo como que las reformas “tardan en hacer efecto”, es como el chiste de la película (no muy buena, pero que sí recomiendo) “Los hombres que miraban fijamente a las cabras”.

Allí, el personaje de George Clooney hace mención al “toque mortal”, el Denmoc. Un pequeño golpe en la frente que, si bien es sencillo y en apariencia débil, acabará matándote. El problema, no obstante, es que nunca sabrás ni cómo ni cuándo te matará.

Así, da igual de qué acabes muriendo, siempre podrías achacarlo, de una manera mística y absurda, a aquel golpe en la frente.

Y ese es su argumento: El proceso de causación da igual, no puede observarse, pero ahí está, existe, subyacente. Solamente hay que esperar. Tener fe. Creer en los sacrificios como lo hacían nuestros ancestros.

Absurdo. Como la película.

Como Schäuble.

 

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